Maldito cáncer.
No hay otra manera de decirle a la enfermedad que se lleva a cientos de mamás, hermanas, tías, hijas, sobrinas, abuelas,… porque el factor de riesgo más importante es ser mujer. Así de sencillo. ¿Tenés senos? entonces tenés en tu sostén dos buenas razones para pensar que un día, te puede tocar a vos. O tal vez no. Ojalá que no.
Además de la espantosa relación que hacemos entre cáncer y muerte, las mujeres tememos otra dolorosa realidad que acompaña al diagnóstico, y es imaginarse de un día para el otro con el pecho plano y con cicatrices que te recuerden que sí, que te salvaron la vida pero te mataron algo. No hay que tener el escote de Salma Hayek para encariñarse con la propia silueta. No. Uno se encariña con sus redondeces, grandes o pequeñas, discretas o indiscretas. Cuando estamos chiquitillos y nos abrazan las mamás o las tías, uno siente almohaditas de cariño que huelen al perfume de esa mujer que te abraza. Para los varones luego adquiere otra dimensión tan importante como para nosotras, la del contacto sensual/sexual, el juego de las miradas versus la profundidad del escote, y las manos que tantean qué tanto pueden acercarse… y luego, me darán la razón las mujeres que lean esto, está la parte divertida del asunto que es cómo vestir esas redondeces, levantarlas, destacarlas, unirlas, hacer que parezcan menos o más… vieran que sí, es divertido.
Hasta que un día un médico hace cara de susto, revisa tu mamografía y te dice que algo no le gusta. O vos te tocaste algo extraño cerca de la axila, … una bolita rara… Te ponés el brassier otra vez, y salís con una duda en el pecho (literalmente).
El cáncer en general nos genera una sensación de fragilidad. Nos quita tanto. Desde el cabello hasta la energía. Los planes, nos los aplaza o les pone un signo de pregunta. Se atreve a cuestionarnos los sueños. Se nos pone enfrente y nos mira fijamente a los ojos amenazando con llevarse algo que uno siempre ha pensado que es propio: la vida.
A la par de un diagnóstico de cáncer de seno vienen esas pequeñas grandes pérdidas,… que si ponerte un pañuelo en la cabeza o raparte a lo Demi Moore. Despertarte y ponerte las manos en el pecho, buscando sin encontrarlos aquellos senos que eran parte de uno como los ojos, como los pies. Y siempre son hermosos, son de uno, no siempre se ven como los de Heidi Klum en la pasarela de VS pero… se ven como a uno le gusta que se vean, porque andan con uno, se mueven con uno, suspiran agitados con uno.
…y de repente resulta que te los quitan. Y eso le quita sentido a muchas blusas, a muchos vestidos, y te preguntás quién va a querer abrazarte sin sentir esas almohaditas, quién va a querer desvestirte y no encontrarlas, dónde vas a esparcir algunas gotas de perfume… por si acaso…
Afortunadamente, si los tumores se detectan antes de llegar a más de un centímetro de diámetro, las posibilidades de sobrevivencia superan el 95%. Pero esa vida sin senos no es sencilla. No es como en el cole, que uno sencillamente “no tenía” y se sentaba a esperar que “algo” pasara. Es saber que eran tuyos y te los quitaron, y que con ellos se va una parte de lo que te hace sentir linda, segura, mujer, aunque uno sabe que “uno no es un par de senos con tacones“, como dijo un oyente del programa el miércoles.
Por eso este mes todas las personas que se solidarizan con el drama de la quimio, la mastectomía, el diagnóstico de un tumor maligno, lo hacen vistiéndose de rosado. El rosado que era el color delicadito, de las Barbies, de las cositas tiernas, cursis y dulces, se convierte en octubre en el equivalente de un traje de fatiga, de soldados, de guerreras, de amazonas. Todo es rosado, para financiar más mamografías, para decirle a las mamás que es mentira que nadie las va a querer sin senos, para decirle a nuestras parejas que aparte de amar nuestros senos, nos los toquen, nos ayuden a revisar qué cambios sufren… ¡casi el 40% de los tumores malignos los encuentra la pareja!
En Octubre todo es rosado para recordarnos que con sólo ser mujeres, estamos en riesgo. Que hay mucho más que un escote para sentirnos lindas, pero que si ese escote está enfermo, entonces se trata a tiempo y seguimos adelante. Que tocarse es amarse, y decirle a las mujeres de su vida que se toquen sin miedo, es amarlas.
El rosado es el color para espantar al miedo, el rosado huele a guerra, nos empuja a levantarnos de la cama, ver a los ojos al cáncer hasta que sea a él a quien le de miedo y se vaya, cuando vea que detrás del ejército rosado están nuestros hermanos, hijos, maridos, novios, amantes, compañeros, doctores, amigos. Para que el maldito cáncer se vaya a verle el escote a su abuela.
Escribo esto pensando en que todos tenemos algún caso conocido, en la familia, en el barrio, y pensando en estas redondeces que están aquí, entre el teclado y yo, no muy grandes, más bien disimuladas, pero mías y hasta el día de hoy, saludables. Y por lo tanto perfectas.
Escribo esto, pensando en mi tía Flora, y la dignidad y valentía con que dio la pelea y la ganó.
Escribo pensando que cada vez que las mujeres nos ponemos la mano en el corazón,… nos tocamos un seno.